Por mis circunstancias familiares, desde muy joven aprendí a ser adulto. Mi Mamá me honraba con el título del hombre de la casa y a los 14 años,  yo salía a vender corbatas en la calle para ayudar a mi Mamá.

Mi abuela y los adultos cercanos, me elogiaban por lo responsable y lo maduro.

«¡Qué suerte!», le decían a mi Mamá por tener a un hijo con tantas cualidades como yo.

No tuve novias temprano, ni muchas fiestas. Cuando me gradúe como abogado a los 23 años, ya tenía mi propia oficina, ganaba muy buen dinero y además era profesor en una Universidad muy prestigiosa.

Por mi éxito y mis logros, me convertí en el que solucionaba todos los problemas de la familia. Además como era un abogado especializado en familia, ayudaba a quien podía.

Esto me llevó poco a poco a pensar casi sin darme cuenta, que yo podía sólo con todo, que los demás necesitaban de mí, pero yo de nadie. Porque yo sólo, debería ser capaz de resolver mis problemas.

Por esto, mis cercanos me sentían distante, pero yo estaba tan en mí, que ni lo notaba.

Como me sentía tan bien en mi papel de dar y ayudar a la gente, empecé a crear empresas y negocio, y dictar cursos, lo que me trajo más admiración y éxito pero al mismo tiempo más soledad, porque confirmaba mi creencia de que no necesitaba del otro.

Fue así, que durante años me escondí en los aplausos y en las mieles del éxito, hasta que maltraté o terminé muchas de mis relaciones importantes.

Cuando desperté, vi a mis hijos que ya habían crecido, y de alguna manera me los había perdido.

Me sentía frustrado, había sido un buen padre, estuve con ellos siempre, pero me di cuenta que no me había conectado realmente con ellos.

Yo sabía mucho de dar, pero poco de recibir. No sabía pedir ayuda o valorar de verdad lo que el otro me ofrecía, era como si sintiera que lo mío valía más que lo del otro. Cuando recibía, lo hacía más para que el otro no se sintiera mal, que por yo mismo valorar lo que me ofrecían.

Un día, la vida me aterrizó. De pronto yo quería que mis cercanos pensaran en mí, me agradecieran, me apoyaran, cuando yo en realidad les había mostrado la imagen del super hombre que todo lo puede y que no necesita del otro.

Fue muy duro darme cuenta que mi familia y miles de personas, estaban conectadas conmigo, pero yo en realidad no estaba conectado con nadie.

Me di cuenta de lo esencial que es para mi conectarme con el otro. Yo puedo lograr que el otro se conecte conmigo y yo guardarme, no abrirme realmente, no mostrarme como pienso que verdaderamente soy, sin ser realmente vulnerable al otro.

Brene Brown, una investigadora norteamericana, después de estudiar las relaciones de miles de personas, dice que todos los seres humanos vivimos la paradoja de querer conectarnos con el otro, pero al mismo tiempo sentimos vergüenza por aquello que no aceptamos de nosotros mismos o nuestras circunstancias, y tememos que por eso el otro nos va a rechazar.

Los seres humanos vivimos buscando la conexión con el otro.

En su estudio Brown describe dos elementos:

LA CONEXIÓN

Todo lo que hacemos en nuestra vida tiene sentido por el otro. Un ser humano no puede crecer sin el otro, habrá muchos «otros» a través de nuestra vida, buscamos la conexión con los padres, la familia, la pareja, los amigos, los colegas, la comunidad, y hay muchos tipos de conexiones: sanas, enfermas, duraderas, fugaces, felices, atormentadas, de dar o recibir, violentas, amorosas, de control, de cooperación, etc.

Es tan importante la necesidad de conexión, que tememos perderla. Podemos hacer cualquier cosa para mantenerla, y tememos que el otro se de cuenta de cómo soy REALMENTE yo, y me rechace, entonces me oculto, ME AVERGÜENZO.

El otro elemento es:

LA VERGÜENZA

Pienso que no voy a ser digno de entrar en contacto con el otro, entonces, puedo aceptar mi vergüenza y tomar el riesgo, o utilizar todo tipo de estrategias para ocultar aquello que pienso que me debe avergonzar, o aparentar que yo no tengo por qué sentir vergüenza.

Las personas que no sienten vergüenza son duras, no son capaces de tener empatía con el otro.

TENGO VERGÜENZA DE DEJARME VER REALMENTE POR EL OTRO, PORQUE TEMO QUE NO VOY A SER «SUFICIENTE» PARA EL OTRO.

No soy lo suficiente hermoso, inteligente, balanceado.

Me apena que el otro sepa que yo tengo emociones negativas.

Me apena que el otro sepa que yo cometo errores.

Me apena que el otro sepa que yo tengo miedos.

Me apena que el otro sepa que mi familia tiene problemas.

Me apena que el otro sepa que yo no tengo suficiente dinero.

Me apena que el otro sepa que yo no estoy totalmente sano.

Me apena que el otro piense que yo no soy suficientemente inteligente.

ME DA MIEDO MOSTRARME AL OTRO COMO PIENSO QUE SOY, ME DA MIEDO DE SER VULNERABLE.

La paradoja es que quiero la conexión con el otro, pero temo que me pueda herir si me abro.

Por eso la vulnerabilidad se relaciona con debilidad, con ser blando.

Entonces cuando comienzo a negarle al otro ver mis miedos, mis dudas, o mis sentimientos negativos, termino aún dejándome de ver yo mismo, de reconocer estos sentimientos en mí cuando ocurren, porque no los considero apropiados. Me avergüenzo de ellos, pienso que es mejor ocultarlos.

Sin embargo, una verdadera relación conmigo y con el otro, no puede construirse si no me dejo ver.

Si no me dejo ver, el otro me percibirá distante.

Estudios en miles de personas, muestran que la diferencia entre quienes tienen relaciones que sus cercanos, consideran sanas y balanceadas a través de los años, a aquellas a quienes les cuesta construir y mantener relaciones cercanas, balanceadas y duraderas.

Es muy simple: Quienes tienen relaciones sanas y cercanas, piensan que son dignos de tener relaciones sanas y cercanas. Mientras que los que no tienen relaciones sanas y cercanas, piensan que no son suficientes, que no merecen, les cuesta pensar que valen para el otro, porque piensan que el otro no los va a querer, o los va a rechazar.

Las personas que tienen relaciones verdaderamente cercanas, balanceadas y duraderas, tienen CORAJE de dejarse ver como son, DE ACEPTAR QUE NO SON PERFECTOS.

Coraje viene del Latin Cor (corazón), contar su historia desde su corazón, desde lo que realmente piensan que son. Estas personas tienen primero el coraje y la compasión de mirarse y aceptarse, de ser sensibles consigo mismos, porque no puedo ser realmente sensible y compasivo con el otro, si no lo soy primero conmigo mismo.

Lo segundo que tienen estas personas es:

AUTENCIDAD

Tienen el coraje de ser lo que son, de reconocer que no son perfectos, y que junto con sus emociones y los pensamientos hermosos, cada día tienen sus emociones y pensamientos que necesitan reconocer y trabajar: que son parte de la vida, que no los hace imperfectos sino humanos, ya que la perfección es tan sólo un concepto, una idea, un pensamiento.

Con estos dos elementos SE PERMITEN SER VULNERABLES al aceptar sus errores. Es mostrarse como son, se aceptan plenamente y se muestran al otro. Estas personas consideran que ser vulnerable es hermoso. Es aceptar lo que es, es aceptarse así mismo. Estas personas saben que la vulnerabilidad no es algo cómodo, pero es indispensable para una relación sana y duradera.

Además cuando yo me acepto y reconozco lo que pienso que soy, le ayudo al otro a que junto a mí, haga lo mismo, siendo esto lo que nos puede llevar más fácilmente a una relación más profunda y real, porque reconocemos lo que no nos gusta de nosotros, lo que tememos, lo que sentimos.

Ser vulnerable es tomar el riesgo de decir primero, que te amo, que me equivoqué, que me importas, que no sé qué hacer, que tengo miedo, que necesito ayuda.

Cuando escondo, me escondo y no soy vulnerable, y no muestro el miedo, la duda o el sentimiento negativo.

Sin embargo si escondo las emociones difíciles, también escondo el amor, la pasión, la ternura, la sensibilidad, la creatividad, la verdadera alegría, la gratitud.

Y como ser vulnerable toma coraje, es incómodo, y tendemos a ADORMECER LA VULNERABILIDAD. Si me duele es mejor no reconocerlo, es mejor taparlo con un par de cervezas, o unos chocolates, o dulces, o trabajando como loco.

Pareciera que es más fácil esconderme, que reconocer el pensamiento que me causa dolor y cuestionarlo, trabajarlo.

Quizás la base de muchos pensamientos que me causan dolor, es que yo no soy digno de que me ames, yo no soy digno de amarme.

Y entre más miedo, puedo taparlo con más cervezas, más chocolates, más trabajo, más tranquilizantes.

Otra estrategia más sutil para esconderme, y más aceptada, es ocultarme en las certezas, en las verdades, o en las definiciones rígidas inflexibles. Y me oculto tras mi autoridad, tras el control, tras la manipulación, sólo para que no se note mi miedo.

Y así acabo la conversación, el dialogo con el otro, porque lo reemplazo por el silencio, o con el discurso repetitivo que no permite variaciones para que no se note el miedo o la duda. Es mas fácil la cantaleta que en el fondo sólo dice, «tengo miedo de que no me aceptes o que me rechaces».

Entonces para evitar el miedo, quiero ser perfecto, que mis hijos sean perfectos, que mi familia sea perfecta, y como la perfección es un pensamiento, es un concepto, dejo de ser realmente auténtico. Dejamos de ser «yo mismo».

Sin embargo antes de alejarme del otro, me alejo de lo que soy.

Ser vulnerable es ser compasivo primero conmigo mismo, es escuchar mi propia voz antes que la de mis fantasmas, es reconocer que no sé  que me confundo, que me atemorizo, que dudo de mí y del otro.

Es permitirme buscar los pensamientos falsos que hay detrás de esos miedos.

Es aceptar que con mis circunstancias y con lo que soy, con mis miedos y mis dudas en este instante, me merezco amarme y ser amado.

Es reconocer que puedo ser feliz ahora mismo. Que lo único que me alejaría de ser feliz, no es la realidad, sino un pensamiento mío, que es errado.

Muy Amigablemente

Carlos Devis

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